EL VIGILANTE DE LA BIBLIOTECA NACIONAL

 

En una de las paredes de la actual Biblioteca y Universidad Nacional de Bosnia y Herzegovina, situada en la ciudad de Sarajevo, reza esta leyenda:

On this place Serbian criminals in the night of 25th – 26th August 1992. Set on fire National and University’s Library of Bosnia and Herzegovina over 2 millions of books, periodicals and documents vanished in the flame.
DO NOT FORGET, REMEMBER AND WARN!

En 2011 visité por primera vez Sarajevo, no tardé mucho en dejarme cautivar por esta ciudad. La belleza de su localización, encauzada entre sus montañas y su río Miljacka fluir a lo largo de ella. El olor emanando de sus chimeneas a carbón y leña, su comida, la diversidad de su gente, su pluralidad religiosa y cultural.

Hacía quince años que la guerra había finalizado y aún así quedaba tanto de ella residiendo en sus calles, edificios mutilados y cementerios regados en medio de la ciudad. Si te detienes a mirar más adentro, en cada agujero que la artillería y las balas dejaron grabados en sus fachadas, encuentras el peso de la guerra detenido, permaneciendo inmóvil, como si a algo estuviera esperando. El recuerdo estaba presente, y el presente estaba lleno de cicatrices de entre las cuales había que tratar de avanzar.

Uno de los símbolos más destacados de la ciudad es la antigua Biblioteca y Ayuntamiento de Sarajevo. Su deliberado incendio durante la guerra de Bosnia que conllevó la destrucción masiva de todo un legado cultural y parte de la memoria colectiva humana, fue un discurso elocuente y devastador por parte de tan cruel guerra.

Durante mi visita del año 2011 tuve la oportunidad de acceder a la biblioteca que llevaba muchos años cerrada en un largo y tedioso proceso de rehabilitación. No sería hasta el año 2014 que reabriría sus puertas al público, después de 22 años clausurada.

Tres años antes de que esto pasara, me encontraba en la ciudad con motivo del festival anual “The Winter Festival of Sarajevo” donde se presentó una de mis primeras obras de vídeo. Durante el festival, aunque no en él sino en los bares de la ciudad, tuvimos la oportunidad de charlar con la gente que allí vivía. Nos hablaron sobre la guerra, sobre lo grande e influyente que había sido la ciudad de Sarajevo. Sobre la realidad no tan fácil en que se encontraban sus jóvenes actualmente, condenados al exilio con suerte y con poca a un probable alcoholismo y desidia, fruto de un país con falta de oportunidades para ellos.

Tenía el deseo de visitar la biblioteca, ver como el paso del tiempo había actuado en su interior, que heridas permanecían. Pero por lo que había averiguado era difícil, pues permanecía cerrada al público y no tenía manera de pedir un permiso. Por cuestión del azar, alguien me habló de la posibilidad que el vigilante del edificio, quizá a cambio de una propina, me dejara entrar discretamente.

A la mañana siguiente seguí las recomendaciones que me habían dado, no tardé demasiado en tener la suerte de estar entrando por las puertas principales del antiguo edificio. Recuerdo que sentí como si se abriera ante mí un portal oculto al pasado, donde el tiempo permanecía desocupado.

Entré sola con mi cámara, acompañada por el vigilante de la biblioteca nacional que no hablaba nada de inglés y yo nada de bosnio. En aquel momento empezó mi recorrido por el incendiado edificio, desde sus entrañas en el sótano sin apenas luz, hasta arriba al último piso, donde la iluminación y el aire entraban libremente por todos los huecos y ventanas sin cristal. Todo el edificio era para nosotros, fue una experiencia privilegiada donde contemplar los resquicios de lo que fue el antiguo edificio, los restos de algunos tímidos frisos y pinturas murales que aún resistían frente las reconstrucciones que se abrían paso. El rastro en alguna estancia, del que fue el rodaje de Notre musique, el filme de Jean-Luc Godard que tuvo lugar allí mismo en 2003.

Aquél hombre seguía hablándome en bosnio, intuyo que me iba explicando la historia de cada sala por la que pasábamos, aunque la verdad podría estar explicándome la receta del guiso que tenía esperando para la cena, porque tampoco lo hubiera entendido… Señalaba algún resto de pintura, un arco original que aún se sostenía, una columna que ya se había rehabilitado.

Seguí sus pasos, no perdía de vista sus pies, pues había tramos por los que andábamos en la total oscuridad. El estado precario del edificio no tenía mucha apariencia de seguridad aún. A pesar de ello, el vigilante se movía confiado, se conocía cada rincón de la biblioteca como quien anda de noche en su propia casa sin necesidad de encender la luz. No recuerdo su nombre, solo recuerdo la sensación de pasearnos por ese magnífico edificio repleto de restos de historia, escuchando nuestros pasos y palabras vacías rebotar en sus paredes. Tratando de imaginar lo que fue, pero solo alcanzando a ver la vacuidad de un edificio ahora destruido y hueco, desnudo a la soledad y al silencio. Un lienzo donde proyectar lo que uno deseara, un extendido paréntesis en el tiempo, una herida abierta esperando ser cicatrizada, o igual borrada?, quizá reconstruida?, escondida?, transformada?, rehabilitada?, homenajeada?, superada o condenada? solo el tiempo lo dirá.

El vigilante sin nombre que recordar se despidió de mi al terminar la improvista visita guiada. Hubo palabras pero faltó conversación, la diferencia de idiomas no pudo hacer más en esta ocasión. Tras de mí cerró la puerta de la valla que se abría al exterior y en un solo paso volví al tiempo presente, donde el pasado es solo un recuerdo de lo que ya no permanece.

 

 

 

 

© Irene Coll Inglés 2011

National and University Library of Bosnia and Herzegovina (NUL)